Aquí tenemos una recopilación de las historias más o menos divertidas, ridículas o impactantes que han formado parte de innumerables veladas alcoholo-psicotrópicas o comidas con compañeros de trabajo a lo largo de mi vida o de la vida de los colaboradores de este sitio.
No es obligatorio reirse.
Por cierto, estas historias, como cualquier otro contenido que publique no están sujetas a ningún tipo de licencia. Pueden ser copiadas, deformadas, difundidas como propias e incluso publicarse un libro o filmarse una película basada en ellas.
Este relato puede traerse a colación cuando alguien te presta un mechero de gasolina e introduces la historia con un "este olor a combustible caliente me recuerda a...". Cualquier noticia de incendio, una "costellada" en el campo, o recordar a los 4 Fantásticos son tambien excusas perfectas para atormentar a los oyentes con una de las narraciones con olor a tocino quemado más terroríficas de mi repertorio.
Me remonto al 2º o 3er año de F.P.Química que cursaba con Israel "Faemino" Fenor y en el que éramos compañeros de prácticas de laboratorio para desquicio del chaval (t'odio Tomeu!!!).
Era un dia cualquiera en el laboratorio, y teníamos como práctica separar la cafeina del café, nada del otro mundo, una columna refrigerante sobre un matraz esférico simple, de disolvente ether etílico, y aquí ya podemos empezar a "olernos" la magnitud de la tragedia y el significado del título.
Apenas habíamos empezado a preparar el proceso, las placas eléctricas (con buen tino), estaban apagadas y vertíamos el eter por la parte superior de las columnas de refrigeración, cuando una compañera de clase nos pidió que le pasáramos el eter, alegando que ella ya tenía su placa caliente y que lo necesitaba. Nosotros le dijimos que se esperara, pues estábamos a punto de acabar con el envase, y que ella no podía verter el eter estando la placa eléctrica encendida, pues una gota que se cayera encima por error podría inflamar todo el eter.
La chica, cabezona y mezquina donde las haya, nos miró con aire de suficiencia... ¿cómo se nos podía ocurrir a nosotros que a ella se le podía caer una gota de eter fuera de la columna? que ella tenía prisa y que nosotros íbamos muy lentos, y puso su cara más odiosa y beligerante.
Yo no quería ceder, pero Faemino decidió que era mejor no pelear con la bestia, y que si quería arriesgarse y jodernos a la vez, que lo hiciera al menos con nuestro consentimiento, y permitió que tomara de la mesa el envase eter de 2 litros, no sin antes espetarle un:
- Tant de bó et cremis Canchal!!! (Ojalá te quemes Canchal!!!)
Olvidamos inmediatamente el conato de conflicto y seguimos preparando el proceso de extracción sin sospechar que quizás por casualidad, quizás por causalidad, quizás por intervención divina, o quizás por efecto de un gen mutante en el ADN de Faemino, su predicción/deseo se haría realidad.
Un escalofrio recorre mi cuerpo cada vez que recuerdo los siguientes 40 segundos, una sensación de incontrabilidad sobre los elementos, un pánico desbocado...
Mientras alguna broma ridícula o un "t'odio Tomeu" cruzábamos mi compañero y yo, Canchal con su corta estatura y torpes manos vertía el eter por la parte superior de la columna de refrigeración. En ese momento una gota traicionera resbaló por el cuello de la botella, esa gota atrajo a otras a su estela, y se convirtió en un chorrito como un hilo, que cayó directamente sobre la placa eléctrica. La extrema inflamabilidad del eter hizo el resto, y la macabra profecía empezó a cumplirse. Un fogonazo, el fuego remontó el hilo de eter en centésimas de segundo, entró en la botella, y provocó una pequeña explosión, mientras esto sucedia, Canchal debió girar ligeramente el envase hacia ella, pues una considerable cantidad de eter saltó sobre su cuerpo empapando su cabeza y hombros del inflamado líquido.
En el momento de la explosión (una explosión que es como el ruido que hace una bolsa de gas debajo de una olla grande cuando se enciende) había ya llamado nuestra atención sobre la ubicación de Canchal. Muchos contarán su versión de los hechos desde distintos puntos de vista, más o menos espectacularmente, pero lo que yo vi en ese momento fue una de las pocas cosas que nunca se borrarán de mi memoria por más años que viva, por más alcohol que ingiera, y por más cosas malas que fume.
Yo ya veía que la chica estaba en llamas, en décimas de segundo se giró hacia a mi y la vi.. por Tutatis! la vi ardiendo y mirándome a la vez, su cabello algo largo se elevaba bailando junto con las llamas, su cara parecía roja, pero se trataba de las llamas que como un filtro la coloreaban, sus ojos se entrecerraban como una media luna y azules me miraban acusadoramente. Era Phoenix en el cuerpo de Aramís Fuster, era la Antorcha humana, una oronda fauno hembra ardiendo...
Paralizado a pesar de la visión y el olor pelo quemado, recibí un tirón hacia atrás, era una chica a la cual no podía sufrir, pero que había optado por salvarme la vida. Casi a rastras me empujó con una fuerza que su incipiente anorexia no me habría hecho imaginar jamás, sus esqueléticas manos en mi trasero me hicieron casi volar por encima de la mesa mientras yo seguía con la vista clavada en Canchal, ardiendo allí sin casi emitir sonido alguno, como hipnotizado por el fuego y con unas palabras que todavia retumbaban en mi cabeza:
- Tant de bó et cremis Canchal!!! (Ojalá te quemes Canchal!!!)
Teníamos como profesora a una chica bastante novata, y con el manualillo de seguridad en el laboratorio aprendido de reojo. No se le ocurrió otra cosa que estando la botella de eter a los pies de Canchal, aplicar el chorro del extintor sobre esa misma zona... el empuje del extintor hizo que la botella acabara de vaciarse, completando la hoguera que empezara por arriba, tambien por abajo. No recuerdo quien tuvo el tino de darle una patada a la botella, cuando en ese momento de entre la multitud (los 30) expectante saltó Ramón Degracia, el chico menos afín a Canchal, no digamos ya de la clase, si no de todo el planeta, con su bata en las manos para rodearla con ella, apartarla del fuego y apagar el eter de su cabeza.
Todo esto sucedió en un lapso de apenas unos 30 segundos, los dagerrotipos mentales, claros como si el incidente hubiera sucedido durante cada mañana de mi vida, siguen ahí, como en la memoria de todos los que lo vivimos. Afortunadamente no pasó nada, el eter arde tan rápida y violentamente que no dió tiempo a más que calentar bastante la piel de Canchal y enrojecerla como si hubiera pasado 5 horas al sol sin protección, apenas perdió cabello, y el dolor no fue muy grande, pues salió por su propio pie hacia la enfermería del instituto.
Esta historia no tiene moraleja, promueve las risas crueles, y ensalza el heroismo de nuestro estimado Ramón Degracia (un saludo desde aquí, estés donde estés), pero nos deja una advertencia para toda la vida a los que nos crucemos con Faemino. Hagais lo que hagais, no provoqueis a Faemino, no le pidais que os preste un disolvente altamente inflamable, consecuencias imprevisibles os esperan. Esto lo aprendimos sus compañeros de instituto, que, desde entonces, nunca más volvimos a molestarle y al que miràbamos con temor y respeto.
Si alguna vez te has atrevido a hacer un comentario absurdo o provocador en su weblog, o eres un spammer, o eres borjamari y se te ocurre criticar sus escritos, prepárate para sufrir las más horribles consecuencias.
Las cholas de la Marbella es una historia ideal para hablar del valor, el respeto y los terrones de barro.
Hallábemonos en la playa de la Marbella a la hora del almuerzo entre las clases matutinas y de tarde del Instituto. Todo transcurría con normalidad, si normalidad se le podía llamar las conversaciones con la boca rebosante de bocadillo, las frentes llenas de granos, y el conjunto más hetereogeneo de estudiantes de química que uno puede imaginar. Con los estereotipos allá presentes pudiera haberse realizado una película al estilo "Goonies" pero con las hormonas revolucionadas:
Entre pedazos de tortilla saliendo disparados de la boca, risas gangosas y chistes tontos nos percatamos de la presencia a unos 15 metros de un grupo de mujeres estereotipos tambien, pero este homogeneo en todas sus integrantes.
Nos dimos cuenta de que existían por el volúmen de la mayoría de sus cuerpos y por los gritos que emitían al hablar... no sabría como encontrar una onomatopeya digna de tales graznidos, pero en vivo y cuando cuento esta historia la imitación vocal me queda aceptable, sólo teneis que recordar cuando ha pasado el grupito de etnia gitana con el organo Casio 4500 con sus bafles de 3000W a toda leche a las 10 de la mañana en Domingo... "se m'enamora l'alma, se m'enamoraaaaaaaaaa"... pues algo así.
El caso es que no hubiera pasado el tema de unas risas y algún que otro desafortunado comentario racista, si no hubiera mediado la presencia de uno de los belicosos y del legionario pajillero. El primero empezó a, a grito pelado, imitar el habla "buleriada" de las cholas. Estas empezaron a mirarnos y a hablar en voz baja entre ellas. Y hasta aquí parecía todo normal.
Al levantarnos para volver al instituto apenas 2 minutos despues del inicio de la provocación, ellas tambien lo hicieron. No le dimos importancia al hecho, más que un incremento del paso que no indignificaba nuestro avance.
De repente, a los que cerrábamos el grupo, empezaron a caernos terrones de barro secos en la espalda (en esos años la playa de la Marbella estaba inmersa en unas obras que durarían varios más y debido a el remover de tierras, el borde de los caminos estaban llenos de esa arcilla rojiza que cuando se secaba podía arrancarse en bloques del tamaño de un puño). Lo primero fue mi sorpresa... a mi me cayeron varios trozos, quizás por ser el más alto de los últimos del grupo y ofrecer mejor blanco, pero sin parar de andar me sacudí la arcilla. La segunda sorpresa fue ver al legionario pajillero recuperar del suelo un pedazo de barro que nos habían tirado y lanzárselo al grueso del grupo perseguidor. ¡Por tutatis!
-Qué has fet Babuchi!?!? (¿¡¿¡Qué has hecho Babuchi!?!?)
El pedacito, ya mermado por su anterior vuelo, alcanzó apenas a una de las cholas más delgadas en la mano. Esta profirió un graznido que heló la sangre de cualquier ser vivo en 1 kilómetro a la redonda. Sus compañeras, solidarias con su ¿dolor? se acercaron a ella, mientras cual mantra lolailo, repetían:
-¿Quién ha síooooooo?, ¿Quién ha síooooooo?, ¿Quién ha síooooooo?
Se mascaba la tragedia.
- ¡Ha sío él! ¡Er rubio de las gafas!
Yo no cabía en mi asombro, "er rubio de las gafas" era evidentemente yo, el único rubio con gafas que se había girado (había otro pero no se había girado), y era tambien el único rubio de las gafas que iba en la última fila. No pensé siquiera en negar la situación al ver como el tropel de lolailas emprendían su trote cochinero dispuestas a darnos alcance.
Ya todo el grupo estaba al caso de la situación... no había salida digna posible, huír era la única opción, pero no nos atrevimos al galope por un orgullo masculino que ya entonces estaba bastante tocado.
Así pues dando grandes zancadas los altos, y rápidos pasos los más bajos emprendimos la huída. Recuerdo, ahora que el miedo ya no invade la imagen de ese momento, al culturista (un tipo de casi 2 metros y unas espaldas anchas como dos mías) avanzar casi tropezando e inclinando el cuerpo a un lado y otro en cada paso y al hippy con su andar de lemming (el juego de PC) acelerado en extremo, los otros no eran menos cómicos (me incluyo), pero estos dos permanecen en mi memoria con más intensidad.
Había unos 400 metros hasta el instituto, 1 giro a la derecha y 2 giros a la izquierda. En el primer giro aún veíamos a las cholas galopar hacia nosotros amenazadoras, en el segundo las perdimos de vista por el edificio que hacía esquina, y en ese momento empezó nuestra carrera desbocada, miedo, sudor, risas, las piernas se movían más rápido que nunca, nos abandonó la dignidad, maltratamos nuestro orgullo... pero nos salvamos. Al llegar al tercer giro, una fuente nos esperaba como maná para quitarnos la sequedad de la boca producida por el horror y la carrera. Una vez allí nos preguntábamos los unos a los otros el motivo de la carrera, como si nadie se diera por enterado de la amenaza de las cholas y el miedo que nos había provocado.
Aclaramos tambien quién fue el autor del lanzamiento del terrón de arcilla maldito, le insultamos adecuadamente, y por precaución reemprendimos la marcha hacia el instituto, no fuera caso que nos dieran alcance las yeguas del apocalipsis.
Hoy en día, en nuestras más lúgubres pesadillas, las cholas son centenares, nos esperan a la puerta del instituto y nosotros tenemos que organizar un plan de resistencia al sitio iniciado.