Este relato puede traerse a colación cuando alguien te presta un mechero de gasolina e introduces la historia con un "este olor a combustible caliente me recuerda a...". Cualquier noticia de incendio, una "costellada" en el campo, o recordar a los 4 Fantásticos son tambien excusas perfectas para atormentar a los oyentes con una de las narraciones con olor a tocino quemado más terroríficas de mi repertorio.
Me remonto al 2º o 3er año de F.P.Química que cursaba con Israel "Faemino" Fenor y en el que éramos compañeros de prácticas de laboratorio para desquicio del chaval (t'odio Tomeu!!!).
Era un dia cualquiera en el laboratorio, y teníamos como práctica separar la cafeina del café, nada del otro mundo, una columna refrigerante sobre un matraz esférico simple, de disolvente ether etílico, y aquí ya podemos empezar a "olernos" la magnitud de la tragedia y el significado del título.
Apenas habíamos empezado a preparar el proceso, las placas eléctricas (con buen tino), estaban apagadas y vertíamos el eter por la parte superior de las columnas de refrigeración, cuando una compañera de clase nos pidió que le pasáramos el eter, alegando que ella ya tenía su placa caliente y que lo necesitaba. Nosotros le dijimos que se esperara, pues estábamos a punto de acabar con el envase, y que ella no podía verter el eter estando la placa eléctrica encendida, pues una gota que se cayera encima por error podría inflamar todo el eter.
La chica, cabezona y mezquina donde las haya, nos miró con aire de suficiencia... ¿cómo se nos podía ocurrir a nosotros que a ella se le podía caer una gota de eter fuera de la columna? que ella tenía prisa y que nosotros íbamos muy lentos, y puso su cara más odiosa y beligerante.
Yo no quería ceder, pero Faemino decidió que era mejor no pelear con la bestia, y que si quería arriesgarse y jodernos a la vez, que lo hiciera al menos con nuestro consentimiento, y permitió que tomara de la mesa el envase eter de 2 litros, no sin antes espetarle un:
- Tant de bó et cremis Canchal!!! (Ojalá te quemes Canchal!!!)
Olvidamos inmediatamente el conato de conflicto y seguimos preparando el proceso de extracción sin sospechar que quizás por casualidad, quizás por causalidad, quizás por intervención divina, o quizás por efecto de un gen mutante en el ADN de Faemino, su predicción/deseo se haría realidad.
Un escalofrio recorre mi cuerpo cada vez que recuerdo los siguientes 40 segundos, una sensación de incontrabilidad sobre los elementos, un pánico desbocado...
Mientras alguna broma ridícula o un "t'odio Tomeu" cruzábamos mi compañero y yo, Canchal con su corta estatura y torpes manos vertía el eter por la parte superior de la columna de refrigeración. En ese momento una gota traicionera resbaló por el cuello de la botella, esa gota atrajo a otras a su estela, y se convirtió en un chorrito como un hilo, que cayó directamente sobre la placa eléctrica. La extrema inflamabilidad del eter hizo el resto, y la macabra profecía empezó a cumplirse. Un fogonazo, el fuego remontó el hilo de eter en centésimas de segundo, entró en la botella, y provocó una pequeña explosión, mientras esto sucedia, Canchal debió girar ligeramente el envase hacia ella, pues una considerable cantidad de eter saltó sobre su cuerpo empapando su cabeza y hombros del inflamado líquido.
En el momento de la explosión (una explosión que es como el ruido que hace una bolsa de gas debajo de una olla grande cuando se enciende) había ya llamado nuestra atención sobre la ubicación de Canchal. Muchos contarán su versión de los hechos desde distintos puntos de vista, más o menos espectacularmente, pero lo que yo vi en ese momento fue una de las pocas cosas que nunca se borrarán de mi memoria por más años que viva, por más alcohol que ingiera, y por más cosas malas que fume.
Yo ya veía que la chica estaba en llamas, en décimas de segundo se giró hacia a mi y la vi.. por Tutatis! la vi ardiendo y mirándome a la vez, su cabello algo largo se elevaba bailando junto con las llamas, su cara parecía roja, pero se trataba de las llamas que como un filtro la coloreaban, sus ojos se entrecerraban como una media luna y azules me miraban acusadoramente. Era Phoenix en el cuerpo de Aramís Fuster, era la Antorcha humana, una oronda fauno hembra ardiendo...
Paralizado a pesar de la visión y el olor pelo quemado, recibí un tirón hacia atrás, era una chica a la cual no podía sufrir, pero que había optado por salvarme la vida. Casi a rastras me empujó con una fuerza que su incipiente anorexia no me habría hecho imaginar jamás, sus esqueléticas manos en mi trasero me hicieron casi volar por encima de la mesa mientras yo seguía con la vista clavada en Canchal, ardiendo allí sin casi emitir sonido alguno, como hipnotizado por el fuego y con unas palabras que todavia retumbaban en mi cabeza:
- Tant de bó et cremis Canchal!!! (Ojalá te quemes Canchal!!!)
Teníamos como profesora a una chica bastante novata, y con el manualillo de seguridad en el laboratorio aprendido de reojo. No se le ocurrió otra cosa que estando la botella de eter a los pies de Canchal, aplicar el chorro del extintor sobre esa misma zona... el empuje del extintor hizo que la botella acabara de vaciarse, completando la hoguera que empezara por arriba, tambien por abajo. No recuerdo quien tuvo el tino de darle una patada a la botella, cuando en ese momento de entre la multitud (los 30) expectante saltó Ramón Degracia, el chico menos afín a Canchal, no digamos ya de la clase, si no de todo el planeta, con su bata en las manos para rodearla con ella, apartarla del fuego y apagar el eter de su cabeza.
Todo esto sucedió en un lapso de apenas unos 30 segundos, los dagerrotipos mentales, claros como si el incidente hubiera sucedido durante cada mañana de mi vida, siguen ahí, como en la memoria de todos los que lo vivimos. Afortunadamente no pasó nada, el eter arde tan rápida y violentamente que no dió tiempo a más que calentar bastante la piel de Canchal y enrojecerla como si hubiera pasado 5 horas al sol sin protección, apenas perdió cabello, y el dolor no fue muy grande, pues salió por su propio pie hacia la enfermería del instituto.
Esta historia no tiene moraleja, promueve las risas crueles, y ensalza el heroismo de nuestro estimado Ramón Degracia (un saludo desde aquí, estés donde estés), pero nos deja una advertencia para toda la vida a los que nos crucemos con Faemino. Hagais lo que hagais, no provoqueis a Faemino, no le pidais que os preste un disolvente altamente inflamable, consecuencias imprevisibles os esperan. Esto lo aprendimos sus compañeros de instituto, que, desde entonces, nunca más volvimos a molestarle y al que miràbamos con temor y respeto.
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